domingo, 8 de abril de 2012

El planeta Sobre-abundancia. Primera parte


Erase una vez un planeta llamado Sobre-abundancia, donde todo lo necesario para vivir dignamente, sobraba en cantidades industriales. Contrariamente a lo que pueda pensarse, los habitantes del plantea cada vez eran menos felices, puesto que su instinto más primitivo (la ambición) les llevaba cada vez a desear más y más, y el deseo material se adueñaba de sus vidas causándoles un gran vacío interior.

La comida, que en épocas pasadas siempre había sido un recurso limitado, ahora se producía desorbitadamente en los campos y granjas industriales. Se conseguía utilizando ingentes cantidades de fertilizantes (que contaminaban las aguas); consumiendo grandes cantidades de energía en maquinaria agrícola (que rebajaron las reservas de combustibles fósiles); alimentando a los animales con comida ajena a su dieta original, como el maíz y la soja (consumiendo hasta 5 veces más de agua); introduciendo antibióticos en los piensos para evitar la muerte del ganado (por enfermedades causadas en las deplorables condiciones de las granjas económicamente rentables); y consumiendo el agua de los pozos subterráneos para los cultivos de regadío (que se implantaban en regiones secas). Las consecuencias comenzaron no solo a repercutir en el medio ambiente, sino también en la salud pública, logrando aumentar el número de alergias, patologías respiratorias, desórdenes climáticos, escasez de agua potable, y nuevas variantes de bacterias y virus que ya se creían extinguidos. El número de obesos superó el número de famélicos, y mientras comunidades indígenas eran expulsadas de sus tierras para producir aceite de palma (con los que elaborar más pasteles y bollos), y los gritos de animales torturados se encerraban en mataderos "modernizados", empresas de comida rápida basaban su marketing en la cara de niños felices que comían hamburguesas y chocolatinas.

La comunicación entre personas también mejoró con las nuevas tecnologías, y consiguió que los ciudadanos estuvieran 24h al día conectados unos con otros. Esto provocó un estress generalizado por el uso continuo de chats, sms, emails, teléfonos, correos, facebook, twiter, tuenti... La obsesión por estos nuevos medios de comunicación, y su capacidad para interrumpir de manera constante las actividades cotidianas de las personas, disminuyó la capacidad de concentración de los ciudadanos de manera escalofriante, bajando su capacidad de trabajo. La intensidad de sus relaciones personales también bajó, haciendo que las conversaciones y charlas pasasen a ser cosa del pasado.

Los objetos, comenzaron a acumularse en las casas. Estas, se construían previendo una habitación para guardar los objetos sin uso, a la que se llamó "desván" o "trastero", pero incluso así, hubo que reservar otras espacios, como sótanos, garajes o cuartos de invitados para todo aquello que la gente compraba sin llegar a utilizar realmente. Surgió entonces un empresario al que se le ocurrió montar una empresa que gestionaba el alquiler de inmuebles donde almacenar los objetos de este tipo. Las personas empezaron a usar ese servicio para guardar los presentes regalados por cumpleaños, santos, aniversarios de empresa, bodas, regalos de reyes, de Papa Noel, etc. No solo adquirió un gran poder económico dicha empresa, sino que el magnate se alegro mucho de lo útil que fue dejar la universidad a tiempo e invertir en el negocio del consumismo.

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