Favorita actividad de R: chat. Fuente: cat.com |
R, no daré su
nombre completo, es de Canadá. Es bajita y gorda. Tiene el pelo muy corto y
pelirrojo. Cuando camina hacia a ti puedes percibir su torpeza de movimientos y
personalidad extravagante. Vino a la escuela en octubre, 4 meses después de que
empezáramos las clases, para sustituir al anterior profesor de inglés que fue
despedido por “acosar a la asistenta doméstica” (o eso nos dijo el jefe). Es mi compañera de trabajo y casa.
Desde el primer
momento que puso pie en la oficina, a la mayor parte de la gente no le gustó R.
Siempre estaba enferma de neumonía, E. coli… Y eso no le ganó muchos fans que digamos. Además,
le gusta hablar muy alto, de cualquier tema (sexuales entre otros), y cotillear
sobre la vida de otras personas. En la casa, fue la misma cosa: es muy sucia y
suele dejar la comida pudrirse fuera de la nevera. Mis dos compañeros de casa J
y K ya me avisaron de cómo era R antes de que yo me mudase con ellos, dos meses
después de que R llegase.
Pero yo quise dar
una oportunidad a R. Me parecía la típica persona que nunca fue popular en el
colegio, y todavía sigue desconociendo como tratar con la gente. Pensé que la
gente la prejuzgaba, y aunque cierto que R debía respetar más la privacidad de
otras personas o ser más atenta para cometer menos torpezas, asumí su buena
intención.
Bien, todo cambió
hace mes y medio. Tras una pequeña discusión en la oficina de la escuela por
culpa de una profesora india que se negaba a salir de la oficina cuando recibía
llamadas personales (por más de 40 minutos), otro profesor, Dan, comenzó a
acusarme de crear problemas a la gente y ser arrogante. Me acusó de ver
pornografía dentro de la oficina, y de mandar emails al jefe acerca de todos
los compañeros. A mí me daba igual las mentiras que Dan dijera, ya que es un
profesor cincuentón del sur de EEUU al que ni su familia (ni siquiera sus
hijos) le hablan. Él mismo ha tenido peleas con varios profesores, por tanto,
asumo que tiene alguna inestabilidad mental o del comportamiento. El problema y
lo que me dolió fue que, delante de R, me dijo que todas las acusaciones se
apoyaban en conversaciones los últimos meses con R. Cuando la mencionó no pude
evitar mirar a R y preguntarla “¿es eso cierto?”, a lo que respondió “ahora
tengo clase y no me quiero entrometerme en vuestros asuntos”. ¿Nuestros
asuntos? La tipa había estado hablando a mis espaldas, a espaldas de su único
amigo, a una persona como Dan, para acusarme de crear problemas en el trabajo y
ver pornografía.
Me quedé sin
habla. No me esperaba que a la persona que había cuidado y ayudado me hubiera
traicionado de esa forma y hubiera expandido esas mentiras sobre mí. Fue muy
frustrante y doloroso. Me enfurecí conmigo mismo por no haber tomado en cuenta
los consejos de otras personas, y haberla prejuzgado positivamente. Por la
tarde, tras pedirla explicaciones y no saber dármelas, la dije que no quería
ningún trato con ella y que se merecía estar sola. ¡No valora la amistad!
Pero la historia
no acaba ahí.
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