lunes, 3 de diciembre de 2012

La Palma X. Sendero Marcos y Cordero

Foto del sendero Marcos y Cordero. Fuente: www.fotospepelapalma.blogspot.com
15-Agosto: 

Primera mañana tras recorrer la La Palma circularmente. Comenzaba la segunda fase: me esperaban dos días de senderos fuera de circuito, pero muy populares. Me propuse comenzar por la ruta de los nacientes Marcos y Cordero, dormir a la intemperie, y bajar al día siguiente por el bosque de Los Tilos hasta la playa de Nogales.

Tanto pensar durante el desayuno, perdí el bus, y no pude cogerlo hasta 1h y media más tarde... bajé del bus a las 13h: perfecto para comenzar una ruta dura (sarcasmo). Además de mí, vi bajar del bus a una chica. Era muy blanca, se cubría la cara con una grandes gafas de sol, mucha crema protectora, y una toalla por la espalda para taparle los hombros. Llevaba colgada una mochilita tipo bolsa en la espalda, y en cada mano una botellita de agua. En los pies, unas chancletas... "Madre mía" pensé, "esta no va a durar nada".

Comenzamos a hablar, y aunque sin ella hubiera podido ir más rápido, evitando el calor de mediodía, la verdad que me apetecía caminar con alguien después de tantos días de ruta solo. No hacía falta ser un adivino para notar que la chica no acostumbraba a moverse por el campo, y mucho menos a realizar rutas de senderismo duras, como la que nos tocaba esa jornada. Ella misma lo reconoció. Me sorprendía que se hubiera decidido entonces a aventurarse sola a hacer este tipo de cosas.

Tras 30 minutos de ascenso, ni siquiera habíamos llegado al punto de inicio del sendero Marcos y Cordero. Ella, sofocada, tiraba de sus piernas lo más que podía, pero se percibía el temblor de estas a cada paso. Yo la esperaba a cada tramo, empezando a impacientarme, al mismo tiempo que mi preocupación por ella aumentaba. No solo veía que la chica no podría realizar la ruta que se proponía, sino, que en caso de hacerla, no creo que fuera capaz de regresar sola.

A la hora, me grita desde abajo "No puedo más!!me voy al camino por donde pasan los coches de apoyo a ver si alguno me recoge". Asentí, la desee buena suerte, y tiré para adelante.

A las 15h llegué al punto de inicio de Marcos y Cordero. Comí, y recordaba con gracia la testarudez de la inglesa. Cuando me disponía a iniciar la ruta, me la encuentro subiendo, casi de rodillas, por la pista donde se suponía traían y llevaban a los turistas los taxis y coches de apoyo.

"Pero qué haces aquí tía??!!", "no venía ningún coche y he seguido subiendo". No me lo podía creer. La felicité una vez más, y me coloqué la mochila para comenzar a andar. En ese momento me dice, "Creo que me voy a unir a ti. Si estuviera sola no lo haría, pero con alguien me siento más fuerte". Joder, la que me ha caído, pensé.

La ruta en sí no era difícil, tan solo que era estrecha, y había que atravesar túneles por donde caían gotas de agua. Pero la chica ya me empezaba a molestar caminando con tanto esfuerzo, hablando de todo como si fuera una gurú, y retrasándome por cada túnel que teníamos que pasar por culpa de su miedo a la oscuridad. Una ruta que podía haber hecho en 3 horas, me estaba costando todo el día. Pero seguí empeñado en mi plan de acabar fuese como fuese, dormir a la intemperie, y bajar al día siguiente por el lado extremo, donde estaba el bosque de laurisilva Los Tilos. Sin embargo, parece que el plan de la chica era bien distinto.

Cuando llegamos al punto final, eran las 19h. Atardecía, calculaba quedaba poco más de una hora para anochecer. Y mis miedos llegaron al presente: tras decirle a mi acompañante que mi plan continuaba siendo dormir allí, me miró y dijo "Yo tengo que volver, no puedo dormir aquí. Por favor, acompañame camino de vuelta, no me atrevo a hacerlo sola".... No podía negarme, si lo hacía, me hubiera sentido mal toda la noche. Aunque hubiera sido lo justo.

De mala gana comenzamos a bajar por el bosque de Los Tilos. Eran las 19,30h, la oscuridad llegaba, a su vez la probabilidad de tener un accidente/caída, y no quedaba nadie por allí...

sábado, 24 de noviembre de 2012

Pamplona

Imagen de la ciudadela en Pamplona. Fuente: www.pamplona.es

Ayer pasé el día en Pamplona.

Solo pude aprovechar dos horas del día, puesto que al llegar la noche anterior, fui directo al albergue donde había reservado cama, y por la mañana estuve ocupado por motivos de "trabajo" (quiero decir, prácticas de empresa no remuneradas xD). Fue a la hora de comer cuando quedé libre para visitar la ciudad.

En dos horas apenas me dio para pasear por la ciudadela y comer en el centro. Pero me dio que pensar. Una ciudad noble, esta Pamplona.

Se respiraba ambiente de ciudad elegante, educada, muy del norte. No había ruido en sus calles, a pesar de la ida y venida de coches y personas. No había grandes risas ni aspavientos en sus bares, pese a estar en pleno almuerzo gran parte de los trabajadores. No había olores fuertes. No había nada en exceso. Tampoco faltaba nada.

Daba la sensación de estar todo en su lugar. Todo era correcto. Todos eran correctos.

Trato de no tener prejuicios regionales, pero reconozco que al igual que la gente del sur me parece muy "viva" y enérgica, la gente del norte siempre me pareció tranquila y noble. No sé como explicar este último adjetivo.

Uno se da cuenta en el trato que te dan, en la manera que tienen de hablarte, en su manera de moverse, y hasta en ciertos comportamientos. Parece que nacen con las normas de cortesía bajo el brazo. Y a cada momento, sin ellos decir nada, te das cuenta que no puedes imitarlos. A ti te falta esa cortesía nata. Esa apacibilidad noble.

Tal vez ese sea su pecado. Tanta cortesía, y mesura, puede que llegué a resultar un ambiente aburrido. O al menos así me comentan algunos amigos de allí. Envidian el ajetreo del sur.

No sé, el caso es que uno al pasear por sus parques y calles, se siente bien. Una mezcla de sosiego y cariño, que te hace sentirte acompasado con el presente, a la vez que consigues un silencio interior, que ya tenías olvidados. Qué nostalgia de ambas cosas.

Retengo la noche de mi llegada, cuando comencé a percibir estas sensaciones. Desde la estación de autobús iba caminando al albergue, cuando decidí cenar algo en un bar. La cafetería donde entré no tenía nada de especial. Eran las 21,30h y pese a ser noche de Champions League, no había casi nadie. En otros lugares estarían las mesas llenas, con gente tomando cañas, y comentando en alto el partido, pero aquí solo vi un par de mesas con gente mayor, tomando café y hablando en un tono tranquilo. Sí que había hombres en la barra viendo el fútbol (tres, a lo sumo), pero sin ningún tipo de nerviosismo o agitación como he visto otras veces. Tranquilos, se tomaban su vino y hablaban de vez en cuando con el camarero, y a la que terminó el primer tiempo, cada uno se fue a su casa. Quedé allí, solo en la barra, tomando una coca-cola y un sanwich vegetal. A mi espalda un señor tomando café mientras leía el periódico. Y de fondo, sonaba Norah Jones. Un lugar para recordar. Creía estar en la película My Blueberry Nights. El tiempo se había parado, y las preocupaciones parecían estar cansadas de tanto hablar. Comí despacio, y trate de comprender porque todo y todos estaban tan tranquilos. Al final me dí cuenta, que el raro era yo, siempre con prisas y con la mente agitada.

http://www.youtube.com/watch?v=pr3n7ZrLxow

Me di cuenta que la vida es como el respirar. Lo natural es tomar el aire tal y como viene. No aguantarlo en los pulmones, para luego soltarlo entre soplidos y jadeos. Una lástima haber cambiado el orden de las cosas, y vivir entre carreras y pisotones.   

viernes, 16 de noviembre de 2012

IX. De vuelta a Sta. Cruz

Campo devastado por el incendio que sacudió La Palma en Agosto-2012

13- Agosto:

Fue la primera noche que pasé "completamente al raso". Quiero decir, si hasta el momento, dormía metido en el saco, reposando encima de la asterilla, esa noche el saco me lo puse de almohada: me dormí con la ropa puesta (la que tenía reservada para la noche y no para caminar) sobre el aislante. Nada más. Al principio he de reconocer que me costó. Me daba miedo dormir "desprotegido" de mi querido saco, pero al final me di cuenta que era un miedo inútil, propio de mi educación urbana... Seamos claro, un pinar en La Palma no es la selva amazónica; nada era peligroso allí. Dormí como los ángeles.

La jornada no resultó nada dura, pues era corta y llana. Sin embargo fue algo triste, ya que tuve que pasar por las zonas que se habían quemado durante el incendio que se inició justo al yo llegar a la isla. Si un incendio ya es una catástrofe de por sí, imaginaos en lugares donde se vive de la agricultura y ahora comienza a potenciarse el turismo rural: afecta negativamente en todo. Afortunadamente, en Canarias existe una especie de pino, el pino canario, que tiene la capacidad de recuperar pronto la población una vez ha sucedido un incendio (de hecho, ha comenzado a exportarse a países como EEUU). Otro punto positivo del incendio, siento decirlo, es que servirá para dar un toque de atención a las autoridades y sociedad: es un deber cuidar el medio ambiente por respeto y las consecuencias que nos acarrea. No me pareció normal, ver fincas donde la maleza y hierbajos creciesen a sus anchas por abandono/irresponsabilidad del propietario/administración, ni que pudiera verse basura (entre ellos cristales, fuente de muchos incendios) en muchos parajes.

Llegué a Villa de Mazo cerca de las 13h, tras 4,30h de caminata. Allí espere a Cristina y Pablo, unos amigos de Paula, que iban a hospedarme en su casa por esa noche. Volver a la civilización tras 7 días lavándome en la playa, comiendo latas, y durmiendo al raso, me pareció maravilloso xD Además, ambos eran muy simpáticos, tratando en cada momento que me sintiera lo más cómodo posible. Me cocinaron, y luego me llevaron a una cala preciosa de Fuencaliente (justo la ciudad de la que había venido). Por la noche nos acercamos a Santa Cruz, comimos unas cachapas venezolanas, y tomamos unas cervezas con todo el grupo: Paula, Cristina, Pablo, y amig@s de ellos. A pesar de mi insistencia, creo que casi me invitaron a todo... Muy buenos anfitriones.

Volviendo a casa, me prepararon el sofá-cama del salón. No sé como se dormirá en una suite, pero aquello fue la ostia.

14- Agosto:

Me levanté con cierto sueño, sobre las 8,30h, y es que me había acostado a las 2h esa noche habiendo acostumbrado al cuerpo durante 7 días a dormir cuando caía el sol: a las 21h. Mismo daba, todo bien. Esa sería mi última etapa de mi primera fase en La Palma: rodearla por el camino real de la costa, el GR130. Solo tenía que caminar un par de horas hasta Santa Cruz... Solo eso... Sin embargo, y como ya me habían previsto Cristina y Pablo, las indicaciones del camino desaparecieron, y me perdí. Un trayecto que normalmente se hubiera podido hacer en 2 horas, tardé en hacerlo 3,30h. Una impotencia encima que no os podéis ni imaginar... Llegué a casa de Paula, quién la noche anterior me había colocado las llaves en un lugar seguro, y por supuesto, me había invitado a pasar la noche allí. Descansé casi todo el día. Leí, lavé la ropa, y miré los mapas de las siguientes rutas: la ruta del Cubo de la Galga, y la ruta del Bosque de los Tilos junto con los nacientes de Marcos y Cordero.

Por la tarde-noche cuando Paula llegó, hablamos de mis días a la intemperie (ella creía que no iba a durar ni dos días xD), de anécdotas que nos habían ocurrido durante la semana, y por último, hablamos de político. 15M a muerte!! jeje

Su hijo pequeño y yo dormimos de nuevo en la litera. Él abajo, yo arriba... Como un bebé, no digo más.

lunes, 29 de octubre de 2012

La Palma VIII. Los Llanos de Aridane y Fuencaliente

Faro y salinas de Fuencaliente (La Palma). Fuente: www.sobrecanarias.com

11- Agosto:

Dormí bien, exceptuando por el ruido de una barbacoa que celebraban en una de las chozas que lindaban la pared del barranco (pequeñas cabañas de veraneo propiedad de familias de la zona), y por los mosquitos. Aquel sommier oxidado fue un regalo después de tantos días durmiendo sobre suelo duro. Me encontraba fuerte al caminar. La etapa, aún siendo larga, me la hice rápido y cómodo (5 horas solo). Al llegar a los Llanos de Aridane, compré comida, y en un banco de la calle, encontré lugar para instalar mi restaurante ambulante. Mientras comía, la gente me miraba cual mendigo: comiendo latas de mejillones, despeinado, sin afeitar, pies descalzos con unas botas al lado llenas de tierra y polvo, la camiseta manchada no solo de sudor, sino también de sangre... no les culpó, pero me hacía gracia. Especialmente cuando me sacaba la lengua algún niño y le respondía como el mismo ataque. De repente, se me acercó un tipo medio raro. Me explico: el hombre iba sin camiseta, con la piel pegada a los huesos, sombrero de cowboy, y chancletas made in taiwan. Vino sonriendo preguntandome qué tal estaba, etc. 2 segundos después me preguntó si tenía "alguna pedrilla pa´fuma". Previsible. Le dije que no, y le expliqué un poco mi viaje, para que entendiera como un tipo con mis pintas, no era un tirao de los que él pensaba que era. No le convencí. Me preguntó 20 veces más si de verdad no tenía nada para fumar, a lo que intercalaba relatos de su vida. Que él fumaba pero sin engancharse, que era el mediano de 7 hermanos (no me quedo claro que posición ocupaba), que había sido agricultor y ahora se ocupaba de cuidar a su madre en la casa familiar, que los mercedes no son tan buenos como los BMW.... Le dejé cuando vino un chico joven a pedirle coca, la cuál me había dicho no consumía. Salí de la ciudad para dormir de nuevo a la intemperie. Escogí una zona de viñedos, donde residían muchos alemanes jubilados dedicados ahora a cuidar (o cuidasen) de sus parcelitas. Okupe una de las parcelas donde aún no habían comenzado las obras de la futura casa. Fue una noche muy ventosa, que fortaleció la calima de esos días, y ensució mi cara y pulmones por momentos.

12- Agosto:

Me costó mucho dormir por culpa de la tierra levantada por el viento. Al despertar mi saco estaba rojo de toda la arcilla que esparcida al aire. Recogí y mientras comenzaba a caminar me mentalicé del consumo racionado de agua que ese día debería llevar a cabo, pues era una etapa larga, que en su mayor parte pasaba por zonas volcánicas despobladas donde no podría conseguir nada para beber. El sol pegaba fuerte y la calima impedía aprovechar el aire como los pasados días. Afortunadamente, no había desniveles intensos, ni barrancos que subir o bajar. El plan era quedarme a dormir aquel día en casa de una amiga de Paula, pero al no conseguir contactar con ella, continúe hasta el final de la etapa. Llegué a Fuencaliente, contento de haberle sacado partido a mis 1,5 litros de agua durante las 6 horas que duró la caminata. Era domingo, no podía comprar comida en ningún comercio, y además España jugaba contra EEUU la final de baloncesto en los JJOO: ese día comía en un bar como homenaje personal. Quedaban dos horas todavía para el partido, decidí esperar hasta entonces para entrar en un bar a comer. Pero mientras esperaba fuera, se me acercó un lugareño, típico hombre de bar que sale fuera a echarse un cigarro, y se puso a hablar conmigo. Tuvimos una conversación graciosa, porque el tipo, sin haber caminado en su vida (cosa que él mismo reconoció) infravaloraba el viaje que me estaba pegando a lo largo de la isla. Incluso me dijo de ir lento, y no haber acabado antes de dar la vuelta a la isla. También se alegró mucho de que viniera de Madrid, ciudad que le encantó cuando hizo la mili. Tanto le gustó, que me quiso invitar a una cerveza por ser de Madrid. Acepté encantado. Lo que no preví fue que, como hombre típico de bar, todo lo dejaba fiado al camarero, y este se enfadó con él por pagar mi cerveza pero no pagar su vino. Tanto se enfadó, que le echó del bar. Imaginaos, el pobre hombre fuera del bar, mientras yo me quedaba en el bar tomando la cerveza que él había pagado. Me sentí mal, pero por otra parte, no tenía la culpa. Pensaba haber invitado yo a la siguiente ronda, pero es que no aguantó!! Tras 3 horas en el bar, el balance fue 5€ de dos cocacolas y un bocadillo, añadido a la derrota de España. Me eché unas risas con la gente del bar, especialmente con un rasta (son los mejores ;P) y me fui hasta un pinar para pasar la tarde y la noche, antes de mi penúltima ruta.

sábado, 6 de octubre de 2012

La Palma VII. Tijarafe


Día 10-Agosto:

Vale, he aprendido que dormir en un acantilado no es bueno. No por el peligro de caerte al vacío, ya que tomé mis precauciones y dejé una distancia considerable y bultos de seguridad en el camino, sino por el tremendo viento que hace. No pude dormir apenas, eso sí, disfruté de una noche preciosa. Justo cuando me estaba quedando dormido, amanecía. El día anterior medité quedarme un día más allí, pero el enfado mañanero por la falta de descanso ni lo consideró. Recogí rápido y me fui.

La jornada fue bastante mal. No por la dificultad, sino por el calor y de nuevo los extravíos. Era un bajón moral cada vez que no sabías donde tirar, o cuando te dabas cuenta que tenías que retroceder de nuevo.

Acabé entrando en una comuna de hippies (por fin los hippies de los que me habían hablado!!) en Buracas. Una sorpresa agradable en esta jornada tan mala. Eran en su mayor parte alemanes mayores, todos muy afanados en sus tareas: arreglar el huerto, hacer artesanía, preparar café para los turistas, etc. Además, en Buracas hay restos arqueológicos de los benhaoritas (población prehispánica). Me dio agua una mujer con el pelo canoso peinado en rastas. Era muy agradable, y cuando me llevaba hasta la fuente vi a una chica vendiendo objetos artesanos que me dejó hipnotizado. No solo era bellísima, sino que su sonrisa te confesaba como la belleza más radiante es la que sale de dentro, y no la que añadimos desde fuera. A su lado había un chico arreglando una pared con adobe, al mismo tiempo que se fumaba un porro y escuchaba a Bob Marley. Me dejó encantado aquel ambiente y salí mucho más animado de allí.

Al rato me volví a perder, y me senté en una sombra cerca de la carretera. No podía más. Ni físicamente ni psicológicamente. Reflexione un rato, hice las paces conmigo y con el camino, y me levanté de nuevo: solo los fuertes sobreviven. A los 10min aparece un coche, y cuando le paro para preguntar el camino a seguir, resulta que es el chico de la comuna que arreglaba la pared y me invito a subir al coche. Bendito karma :)

En el coche encontré, un rottweiler manso babeándome en el hombro, suciedad por todos lados (incluido el conductor) y olor a cannabis como ambientador. Hablamos de todo un poco: de la comuna hippie (de la que él no formaba parte), de la crisis del plátano, opciones de futuro... Pasamos Puntagorda hasta llegar a Tijarafe. Allí me dejó, y tras comer en una plaza un par de latas, y cargar el móvil en un bar, me puse de nuevo en camino para buscar el sitio donde pasar la noche.

Comencé por seguir la Ruta del día siguiente, y al cabo de un rato vi un cartel que indicaba otra ruta, local, hacia una playa. Me pareció buena idea y avancé por ella. Al cabo de hora y media de camino tortuoso y en pendiente llegué a la desembocadura de un barranco, que allí llamaban playa: la Playa del Jurado. Estaba casi atardeciendo y me dí un baño aprovechando esas últimas luces. Algunas personas que allí andaban charlando y fumando me miraban extrañados, imaginando quién sería ese chico, venido de no sé dónde, y acompañado de mí mismo y una mochila de viaje. Hablé con ellos, y se sorprendieron de lo qué estaba haciendo. Incluso me preguntaron si había salido en tv. Pero no, luego confirmó uno de los asistentes que el qué había salido en la tv hace unos días era un hombre que, como yo, estaba dando la vuelta a la isla, pero en barco (así mejor, pensé).

La gente que allí había eran personas que veraneaban en las casitas construidas en las paredes del barranco. Yo me quedé en lo que parecía una casa donde se encontraban todas las llaves de luz y de agua de las demás casitas. Encontré un somier oxidado, pero capaz de mantenerse en pie. Coloqué la esterilla encima, y sin saco ni nada, me puse a dormir encima.

miércoles, 3 de octubre de 2012

La Palma V. Santo Domingo de Garafía

Playa de Santo Domingo de Garafía. Fuente: www.la-palma-kanary.com.pl

Día 9-Agosto:

Con la primera luz del alba, desperté, y sin concederle tiempo a la pereza me preparé rápido, ese día iba a ser duro. Me faltaba comida, tampoco quedaba mucho agua en la botella, y faltaban barrancos que cruzar. Sin embargo, mi moral y actitud se habían vuelto más positivas y calmadas con el paso de los días, y eso hizo que no sufriera tanto durante la jornada.
Atravesé bosques preciosos, tramos muy áridos con alguna que otra casa aislada y rebaños de cabras que me miraban con suspicacia.

Por fin llegué a Santo Domingo de Garafía, y allí compré comida para varios días, y un pastel como regalo personal. Al colgarme la mochila, noté como el hambre me había jugado una mala pasada comprando tanto. Tras salir de la tienda, siendo las 14h, decidí encontrar el lugar donde comer y pasar lo que quedaba de día. Me indicaron que bajará a "la playa". 5km con una inclinación cercana a los 60º de camino... Llegué a unos acantilados muerto de cansancio y calor, pero llegué. Allí encontré casetas construidas por los aborígenes de la isla, anteriores a los conquistadores españoles, que habían sido remodeladas por pescadores y habitantes del lugar con el paso del tiempo. Las vistas eran maravillosas, con el mar de varios azules debido a las diferentes profundidades y vegetación del lecho marino. Me recordaba a las películas de piratas y corsarios. Tras comer y descansar un poco en un resquicio del acantilado, bajé hasta una piscina natural. Más que una piscina natural, parecía un escondite de sirenas para escapar de las olas en tiempos de tormenta. Algas submarinas, peces de colores, y una poza en el centro que invitaba a tirarte de cabeza cada dos por tres, eso era lo que allí encontrabas. Y para qué quería más!!. Volví a "mi sitio" e inspeccione el lugar para decidir donde dormiría llegada la noche. Observé que la mayor parte de cabañas estaban abandonadas, y a su vez, habían sido usadas como vertederos y baños imprevistos. De ellas brotaba un hedor insoportable y basura por todos lados. Una auténtica pena. Las cabañas ocupadas pertenecían a gente que las usaba como lugar de veraneo. tenían agua y luz que ellos mismos habían traído desde el pueblo con cables y tuberías. Me sorprendió un hombre, que vivía allí todo el año. De unos 40 años se le veía reservado y un poco gruñón. Vivía con dos perrillos que no dejaban de ladrar a todo extraño. Me pregunté si a pesar del esplendido paisaje y la pesca que allí pudiera encontrar, no se vería privado de necesidades sociales y humanas. Me pasé la tarde leyendo, viendo a los pescadores submarinos bucear, y dejándome observar por unas niñas que estaban veraneando en una de las cabañas con sus abuelos. Creo que tuvieron que flipar al verme llegar con mis pintas, y luego al verme mis preparativos para pasar la noche al borde del precipicio.

jueves, 20 de septiembre de 2012

La Palma IV. El Tablado



7- Agosto:

Los rayos de sol y la marea fueron la alarma del despertador. Un despertar suave, cómodo. Nada que ver a mi rutina urbana. Sin embargo, esa vez me preparé rápido: no quería que me pillase el toro de nuevo. Estaba cansado de la tremenda caminata anterior, y quería terminar pronto la etapa que me tocaba ese día. El comienzo, la subida de Las Piscinas de la Fajana hasta Barlovento fue duro: casi 2 horas de ascensión, además de perderme un par de veces gracias a las típicas indicaciones "muchacho, vas para allá y luego subes por allí". Pero ese día me encontraba fuerte. Anímicamente quiero decir. A pesar de las contracturas en la espalda, y de perderme cada 2 por tres, estaba feliz. Me sentía tremendamente libre. La ruta atravesaba paisajes maravillosos. De vez en cuando llamaba a las puertas de alguna casa para que me dieran agua, y continuaba por los senderos. Muchas veces me tocó preguntar a la intuición cuál senda tomar, y es que como en la vida, durante la jornada se me presentaban opciones, sin ninguna pista por la que decantarme objetivamente. Tras 4,30h de viaje, llegué a El Tablado. Una aldea pequeña en norte de La Palma, justo en el medio, ya que en la punta del nordeste se encuentra Barlovento, y en la punta del noroeste se halla Santo Domingo de Garafía. Era una aldea muy pequeña, y fue allí donde conocí a una anciana entrañable. Al preguntarla por donde continuaba el camino, no solo me indicó amablemente, sino que me dio agua, fruta y sus bendiciones. No sé por qué, no me olvidaré de ella. Justo al doblar la esquina, saliendo de la aldea, vi una casa abandonada que me "llamaba". Se convirtió en mi hostel. No sé, me daba buena química, y el paisaje que desde allí tenía era espectacular. Hablé con mis padres por teléfono y me disculpé por haber estado tan irascible los días anteriores. Pensé un poco sobre mi vida. Las cosas que he de aceptar ocurran, y tratar de llevarlas lo mejor posible. Me relajé. Más tarde, eche el aislante y el saco de dormir al suelo de la terraza. Eran las 20h, y la caída del sol me aconsejaba dormir. Si os preguntáis por qué no quise dormir dentro de la casa, os diré que por respeto. Tenía claro, que en una casa abandonada de la cuál no conozco su historia, no debía dormir dentro. Puede que también sea algo supersticioso, he de reconocerlo.

8- Agosto:

Desperté con la clara convicción de no caminar. Me tomaría el día libre. Haciendo cuentas de los días que iba a pasar en La Palma, me sobraban días para caminar todas las rutas que quería, y además el cuerpo me pedía tiempo muerto. Me pasé el día leyendo, pensando y hasta di una vuelta por el pueblo y las inmediaciones del Camino. No paraba de recordar aquellas comunas hippies de las que me habían hablado en Sta Cruz, podía encontrarme por el norte. Mientras Paula me contó que eran gente muy maja, generalmente alemanes jubilados, que vivían en cuevas y trabajaban con artesanía, agricultura y pesca, una amiga suya me había avisado que muchos de ellos estaban locos y hasta hacían rituales de magia negra. Tenía una especie de curiosidad miedosa por encontrarlos, ya que hasta el momento no vi a nadie. Pregunté a la gente de El Tablado, pero ellos no sabían nada... Al final del día, conocí a una pareja: una chica de barcelona y su compañero, de Alemania, que también estaban caminando por la isla. Sin embargo se notaba que no viajaban en "mi mismo rollo". Por lo que me dijeron, iban cargadisimos de equipaje, y muchas veces cogían buses o hacían autostop. Los dos tenían una estética muy rara: él llevaba en el tabique de la nariz 4 piercing, y unos dilatadores enormes; su cabeza estaba rapada entera, menos la parte delantera en la que tenía un par de rastas muy descuidadas; ella tenía rapada media cabeza, y la otra con el pelo largo; en su ropa veías todo tipo de colores, y ambos llevaban los pies más negros que el betún. Me preguntaron si estaba okupando la casa y si había tenido problemas con las ratas. A ambas cosas les dije que no. Me explicaron que ellos si habían tenido problemas con las ratas en el barranco donde estaban acampando, hasta el punto que tenían que subir la comida a los arboles. Me extrañó, porque yo ni siquiera había visto una. Imagino que tal vez eran un poco sucios y habían dejado materia orgánica alrededor de su zona de acampada, además de situarse en un lugar bajo donde todas las alimañas salen por la noche. Eran unos personajes muy graciosos la verdad. Especialmente el alemán que de poco se enteraba pero le ponía unas ganas que no veas. Me despedí de ellos, y mientras me preparaba para dormir, me di cuenta de la poca comida que me quedaba. Al día siguiente no solo tendría que preocuparme por los hippies del vudú, sino por conseguir algo de comer.